jueves, 3 de diciembre de 2015

TRECE - Matilde Selva


Una 13 en Baños de Rioja

TRECE.

Matilde Selva.


PRÓLOGO


Sin ninguna acreditación de investigadora o periodista, me costó bastante convencer al viejo recepcionista para que me diera la habitación número 13 del hotel; sólo accedió cuando mentí sobre cierto parentesco lejano con el  huésped desaparecido.


Satisfecha de mis, hasta ahora, desconocidos recursos manipuladores, entré en la habitación y preparé mi netbook; como ganadora de un concurso de cuentos de terror,  me había surgido la oportunidad de escribir artículos de misterio para una revista de parapsicología . De momento, los gastos corrían por mi cuenta, aunque

si daban mi trabajo por bueno, en la siguiente ocasión me financiarían viajes y hoteles. No me lo creí demasiado, pero yo estaba encantada con aquella oportunidad de escritora-investigadora de sucesos misteriosos.


I


En mi primer día de trabajo entrevisté al arisco recepcionista, Pedro, con la excusa de que quería encontrar a mi “pariente”, el desaparecido Alberto Buendía. Durante la opípara cena a la que le invité, me contó que Alberto alquiló la habitación 13 porque estaba escribiendo un libro sobre un extraño personaje que fue también huésped de la misma habitación; un extranjero llamado Sinyo que sólo salía por la noche, nunca fue visto acompañado y emitía gruñidos para saludar. La información fue bastante extensa y macabra, quizás por los efectos del vino,  y a pesar de los escalofríos que empezaba a sentir, tomé todas las notas posibles.


III


Al tercer día de  investigación, mientras intentaba dar forma a mis notas en el netbook, el recepcionista me llamó a la habitación  con voz temblorosa para avisarme de que le había parecido ver al misterioso personaje, Sinyo, en el restaurante del hotel. Visiblemente emocionada por esa mezcla de miedo y curiosidad tan excitante, me arreglé un poco y decidí conocerle. Allí estaba él, tal y como lo había descrito Pedro; de unos cuarenta y cinco años, alto, moreno y bien vestido.


Sinyo, sentado en la barra del bar, se giró hacia mi en cuanto entré y clavó sus oscuros ojos en los míos  con tanta intensidad, que me quedé paralizada durante unos minutos. Tuve que respirar  profundamente varias veces para reaccionar y acercarme a él.


-Sé que me estás buscando -dijo con una voz demasiado grave y pausada.


.Es cierto -le miré desafiante para mostrarle mi ausencia de miedo- Un pariente lejano que iba tras tu pista ha desaparecido sin dejar rastro y  le estoy buscando.


Su mirada ardió unos segundos y después, sonriendo irónicamente, me respondió que mi “pariente” se había acercado demasiado a su paradero, a quién era y  no podía consentirlo, así que le mostró algo contundente y le dio un ultimátum para que dejara de meterse en su vida.


-Se asustó mucho y decidió huir sin dejar rastro... por si acaso -añadió con  una frialdad sarcástica- No creo que escriba su libro ya.


-Bien... -estaba atemorizada y confusa, aquello se me iba de las manos y comprendí

que el repentino retorno de Sinyo era por mi culpa. Tuve la angustiosa intuición de que aquel hombre no era normal y  yo estaba en peligro. Mi instinto de supervivencia me hizo huir de su lado sin despedirme, y deseé salir de aquel hotel lo antes posible.


Ya en mi habitación, mientras preparaba precipitadamente la maleta, vi una extraña sombra en el dormitorio. Sí, allí dentro estaba Sinyo, observándome en la penumbra con sus maquiavélicos y chispeantes ojos. Paralizada de nuevo, apenas pude  pronunciar palabra ni huir. Sólo recuerdo que se acercó con una extraña sonrisa, mostrando un secreto que yo no podía creer.


EPÍLOGO


Trece días después de lo sucedido, sigo viva y escribiendo, quizás porque decidí cambiar mi artículo desviando la desaparición de Alberto hacia una pista falsa, de ficción, no menos sorprendente y extraña que el suceso real. No he vuelto a ver a Sinyo y apenas recuerdo nada más de su extraña visita nocturna.  Pero algo ha cambiado en mi después de aquella noche; descubrí unas extrañas marcas en mis muñecas y en mis ingles y la luz del día me molesta cada vez más.

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