domingo, 13 de diciembre de 2015

DOS PUERTAS 13 Y UN GRAN RELATO DE PURA SIMÓN - GLORIA

GLORIA


Pura Simón
Aquella noche Gloria la pasó abrazada a su chiquitín. Al niño empezaban a asomarle unos diminutos dientecillos en las sonrosadas encías y de vez en cuando emitía unos débiles quejidos como si, conocedor de la triste situación, no quisiera preocupar demasiado a su madre. Gloria dejaba correr por sus mejillas lágrimas de sangre que se colaban por la comisura de la boquita del pequeño y que parecían mitigar las molestias ocasionadas por los incipientes dientes de leche.

Las campanadas provenientes del reloj de la iglesia le iban avisando del tiempo que le restaba para coger el correo que la llevaría a una gran ciudad desconocida, en busca del modo de poder salir adelante ella y su hijo. A ver, si no, qué iba a hacer en el pueblo con el marido en la cárcel y una criaturita a su cargo. La decisión no había sido fácil, pero ahora ya no había marcha atrás. Otros convecinos, Tomás y María, hacía unos meses que habían seguido similar periplo con el mismo objetivo: buscar una manera de subsistir; con la fortuna de haber encontrado una portería que regentar. Y ahora habían tenido la atención de proporcionarle en el mismo edificio una casa muy buena donde servir. Incluso, con un poco de suerte, cuando su Rafael quedara libre podría encontrar también un empleo en la ciudad (porque a trabajador no había quien le ganara a su Rafael) e instalarse allí todos juntos, como Tomás y María. Para Felisín siempre habría más oportunidades que en el pueblo para labrarse un porvenir.

Así, mientras las agujas del reloj iban corriendo y marcando las últimas horas, Gloria se iba convenciendo de que aquella determinación era la más aparente, aunque para ello tuviera que separarse de lo más preciado. De cualquier modo, siempre había que dar gracias a Dios, ya que su tesoro quedaba a buen recaudo; su suegra, Juana, se haría cargo de él como si fuera su propio hijo, y además a su pequeñín no había de faltarle de nada con lo que ella les mandaría desde Barcelona.

Antes de que sonara el despertador, programado para levantarse a las seis de la mañana, Gloria lo apagó para no quebrantar el sueño de su niño, y lentamente procedió a vestirse y a meter sus últimas cosas en la pequeña maleta de cartón parduzca. Por fin, se enfundó su raído chaquetón de lana gris (las mañanas de octubre ya empezaban a ser algo frías en el pueblo) y se dispuso a marchar, no sin antes dar un último beso a su hijo, que ahora parecía yacer plácidamente en su cunita.

Gloria nunca antes había salido del pueblo, exceptuando las veces que se acercó a la ciudad para comprar en casa Elipe hilos y telas cuando bordaba el ajuar para casarse y donde luego compraría su vestido de novia. Ella sabía que el viaje era largo y que hasta bien entrada la noche no llegaría a su destino. Menos mal que sus paisanos porteros estarían esperándola en la estación a su llegada. Gloria miraba a través de la ventanilla sin ver, porque sus pensamientos no la acompañaban en el trayecto, sino que más bien se dirigían en sentido contrario. Apenas se llevó bocado a la boca durante todo el día, y eso que Juana la había pertrechado con un buen trozo de pan y unas longanizas procedentes de la última conserva. Varias fueron las paradas que hizo el conductor, tanto para recoger pasajeros o mercancías como para descansar, pero Gloria optó siempre por permanecer en el autobús; temía descuidarse y quedarse en tierra.

Era más de media noche cuando Gloria, rendida por el sueño, se sobresaltó al oír la voz del chófer anunciando la llegada a Barcelona. Apenas le dio tiempo a ubicarse mentalmente cuando desde la dársena ya la saludaban Tomás y María. Aquella primera noche la pasaría con ellos en la portería, pues no eran horas para molestar a los señores que próximamente se convertirían en sus amos. Y además, así podría escuchar los consejos de sus amigos ante su primer empleo. Gloria pensó que cada uno le había de hacer provecho, porque para una muchacha como ella, sin experiencia y lejos de casa, todas las recomendaciones eran pocas. Lo más importante era ocultar su estado civil, le habían recalcado insistentemente. Debía pasar por una moza soltera y, obviamente, sin hijos. Si los señores se enteraran de que su marido estaba en la cárcel, y de que era de ideas contrarias a las de ellos, sería puesta de patitas en la calle de inmediato. Gloria atendió cada indicación con sumo interés para así actuar al pie de la letra, mientras saboreaba por primera vez en su vida un plato delicioso: macarrones. Aquella noche, debido al largo viaje y a las horas que llevaba sin pegar ojo, la chica cayó vencida por el sueño.



A la mañana siguiente, al llamar al timbre del número trece de la que iba a ser su nueva casa, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Abrió la puerta una mujer de unos cuarenta años, también al servicio de la casa, y la sonrisa con la que la recibió le dio confianza. Consuelo, que así se llamaba la criada, le hizo pasar al pequeño cuarto con dos camitas que iban a compartir, donde Gloria acomodó enseguida sus pocas pertenencias y donde le esperaba el uniforme que debía lucir, y que a ella le pareció muy elegante.

El interminable trabajo de la casa y la compañía de Consuelo, además del trato con Tomás y María, ayudarían a que Gloria llevara con más o menos placidez su estancia en aquel lugar. Pero, por las noches, cuando se arrebujaba entre las sábanas, sus pensamientos viajaban hasta su pueblo, y una inmensa amargura se apoderaba de ella al recordar a su hijito. El día que recibía unas letras escritas por una prima, al dictado de Juana, con noticias de Felisín: que ya mascullaba alguna palabra o que ya comía pan y chicha, o cualquier otro adelanto del chiquillo, dormía toda la noche aferrada a la carta como el que se agarra a un clavo ardiendo. Lo peor era tener que mantener en secreto aquello que guardaba en su corazón, ya que no se atrevía a sincerarse ni siquiera con su compañera Consuelo.

Y así iban transcurriendo las jornadas, la de hoy igual a la de ayer, y la de mañana semejante a la de hoy, trabajando de sol a sol, cuidando a unos niños que no eran los suyos y soñando con el día que pudiera reencontrarse con sus dos amores. Los jueves por la tarde, las dos doncellas libraban y aprovechaban para ir a comprarse al Sepu o a Galerías algún caprichito: unas medias de cristal o un pañuelo de bolsillo; darse un garbeo por las Ramblas de las Flores, o incluso asomarse a ver el mar bañado por el sol, cuyo vaivén a Gloria le recordaba los llanos campos de dorados trigales mecidos por el viento de su tierra.

Los señores eran de misa y rosario diarios, y aunque el trato hacia las sirvientas era cordial, las distancias marcadas por unos con las otras propiciaban una relación fría. Gloria se cuidaba mucho de no ocasionar motivos de disgusto y de complacer por entero a su señora en sus quehaceres domésticos. Cada día, antes de servir el chocolate caliente de media tarde, Gloria y Consuelo eran congregadas por los señores en el saloncito para, todos juntos, rezar el rosario. No era extraño teniendo en cuenta el fervor y la devoción religiosa de los Benlliure. La señora Anita, como mandaba la tradición familiar, era camarera de la Virgen de la Merced, y el señor Anselmo, Caballero de la Santa Cruz. Ése era el momento en que Gloria, aunque fuera para adentro, pedía y rezaba, misterio tras misterio, por su Rafael y su Felisín del alma.

Las noticias que recibía de éstos cada vez eran más espaciadas en el tiempo. En catorce meses, que eran los que Gloria llevaba ya entre aquellas paredes, apenas había recibido tres o cuatro cartas;  la última había sido para San Juan, y ya estaban cerca de Todos los Santos. Por eso, el día que Consuelo le anunció que había una nueva misiva para ella procedente del pueblo y remitida por su prima Balbina, Gloria brincó de alegría. Pero aquella no sería la carta que hubiera deseado recibir, lo supo desde el momento en que vio el sobre ribeteado de negro. Aquello era el preludio de algo que ella nunca habría querido leer. Y así fue, la desgracia se había vuelto a cebar con Gloria. Sus manos, temblorosas, rasgaron el papel y, al leer el contenido, emitió un terrible grito ahogado, desplomándose a continuación desgarradoramente sobre las frías losas del suelo. Hacía un mes que habían enterrado a su Felisín. En ocho días una neumonía se había llevado al hijo de sus entrañas y ella no estaba a su lado. El hijo de sus desvelos se había ido. Le habían arrancado de cuajo lo que ella más quería del mundo.

Consuelo cogió la carta y la leyó. El gran secreto de Gloria quedaba al descubierto, pero de qué manera Dios mío, de qué terrible manera. Consuelo la ayudó a meterse en la cama y, haciendo honor a su nombre, permaneció alentándola toda la noche. A la mañana siguiente, Gloria amaneció con los ojos tan hinchados como si hubiera metido la cara en un avispero. Su fiel compañera preparó un ungüento con manzanilla y se lo aplicó para rebajar la hinchazón. A pesar de la inmensa pena, Gloria sacó fuerzas de flaqueza, se vistió el uniforme como cada día y se dispuso a meterse en la cocina para preparar el desayuno a los señores. Sabía que el silencio debía continuar, que no podía desmoronarse delante de los amos, que debía guardar la compostura si quería mantener también su trabajo.

Y así fue pasando los días, tragándose las lágrimas por el día y llorando hasta reventar, rota de dolor, acurrucada bajo las sábanas por la noche. A pesar de la insistencia de Consuelo, en su empeño por animarla, ningún jueves más Gloria saldría a pasear por las Ramblas, ni volvería nunca a comprarse unas medias. Ni siquiera volvería a oírse su voz en los rezos del rosario diario.

Gloria sólo volvería a sonreír, aunque amargamente, el día que recibió la noticia de que Rafael había salido de la cárcel. Fue entonces cuando Consuelo empezó a fingir ante los señores anunciando que Gloria tenía un pretendiente en el pueblo, un buen muchacho que le pedía relaciones y que deseaba verla aquel año para las fiestas de la Asunción, en agosto. Los señores dieron permiso a Gloria para hacer el viaje. Recogió sus pocos bienes, incluidas dos batas que había teñido de negro, sabiendo que éste sería un viaje sin retorno, que ahora su sitio estaba junto a su marido y junto a la memoria de su ángel





Dos trece en el pueblo de Ventrosa

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